
Letra y compás. Este es el título, y la esencia, de la exposición de Chema Madoz, último Premio Nacional de Fotografía. Compuesta por 50 fotografías, la muestra invita a descubrir en el Centre del Carme la poesía visual de uno de los fotógrafos españoles más reconocidos internacionalmente en la actualidad.
Una partitura musical que cobra forma en un telar, una araña tocando el piano, y una rana en clave de sol. Dos flautistas transformadas en armas peligrosas y una persiana musical que sugiere un ritmo propio. Un látigo convertido en nota, un violín cuchilla y frases que se deslizan como hilos, un libro escalera invita a ascender a nuevas ideas y una jaula escrita encierran pensamientos, mientras una araña se aferra a una frase como un tesoro. Hasta el 17 de mayo
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Mis pasos me llevan a los vetustos muros del Centre del Carme, un antiguo convento del Siglo XIII que ahora acoge puro arte. Al llegar a la puerta de la sala, el nombre de Chema Madoz me recibe como un viejo amigo, invitándome a cruzar el umbral. Con la cámara en mano, me adentro en un mundo donde lo cotidiano se transforma en arte.
Al entrar, me encuentro con un grupo de personas cautivadas por las palabras de la guía, quien narra la esencia de las primeras fotografías. No se trata de una exposición común de retratos o paisajes; aquí, los objetos toman vida. Las imágenes de Madoz buscan una belleza singular, la armonía entre lo tangible y lo imaginario, y una expresión profunda de emociones e ideas.
La sala está decorada con 50 fotografías que rinden homenaje a las letras, los libros y la música. Como un inmenso pentagrama, las imágenes están dispuestas a distintas alturas, emulando notas musicales que componen una sinfonía visual de carácter surrealista. Frases de pensadores célebres acompañan cada obra, tejiendo un hilo invisible entre el arte y el pensamiento.
A medida que camino entre las fotografías, me detengo ante cada pieza de este mundo fantástico. Veo una partitura musical que cobra forma en un telar, una araña tocando el piano, y una rana en clave de sol, cada uno provocando sonrisas y suspiros en el público. Dos flautistas transformadas en armas peligrosas y una persiana musical que sugiere un ritmo propio.
El ingenio de Madoz se manifiesta aún más: un látigo convertido en nota, un violín cuchilla y frases que se deslizan como hilos, creando un laberinto de palabras e imágenes. En este universo, un libro escalera invita a ascender a nuevas ideas y una jaula escrita encierran pensamientos, mientras una araña se aferra a una frase como un tesoro.
La exposición es un espectáculo entretenido y completamente distinto, un respiro fresco en el circuito artístico que he recorrido recientemente. Sin dejar de capturar cada detalle a través de la lente de mi cámara, ya imagino mi regreso para explorar más a fondo esta sinfonía visual y seguir inmortalizando las maravillas de Madoz. En el Centre del Carme, la magia se despliega con cada foto, y mis pasos apenas han comenzado a dejar huella en este sueño surrealista.



