
Las Fallas de Valencia, consideradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO desde 2016, son mucho más que un espectáculo de fuego y luz en marzo; son un arte viviente gestado a lo largo de todo el año.
Hoy, 4 de marzo, el grupo de fotografía Lelianafoto se embarca en un viaje para explorar la esencia de estas festividades. Visitando los talleres, se sumergirán en el proceso donde los artistas falleros, verdaderos custodios de una tradición singular, dan vida a impresionantes obras efímeras. En cada trazo y cada color se percibe la magia y la dedicación que alimentan esta celebración, mientras la comunidad se prepara para la explosión de creatividad que caracteriza la llegada de las Fallas.






Hoy, miércoles cuatro de marzo, nos embarcamos en una aventura fotográfica hacia un taller fallero en la pintoresca población de Benaguacil. A pesar del día muy nublado y amenazando lluvia, un grupo entusiasta de doce intrépidos y cinco intrépidas se reunió puntualmente a las 10:30 h en la puerta del taller, listos para captar la esencia de la festividad más icónica de Valencia.
Al cruzar el umbral del taller, nos recibió el bullicio de operarios sumidos en su oficio, sin tiempo para saludos ni formalidades. Estaban manos a la obra, dando vida a los monumentos efímeros que pronto adornarían las calles. Sin perder un segundo, desenfundamos nuestras cámaras, ansiosos por documentar cada rincón del lugar, aunque con mayor o menor destreza, pero siempre con un inmenso entusiasmo.
No dejamos rincón sin explorar. Los botes de pintura, desparramados en coloridos caos sobre las mesas de trabajo, contaban historias de creatividad desbordante. Rotuladores, secadores de aire, y trapos viejos llenos de manchas y telarañas creaban una atmósfera artística casi mágica. Y, por supuesto, los “ninots”, esos singulares personajes cubiertos de plástico, aguardaban su momento, protegidos de miradas indiscretas y caprichos del clima.
En el taller, siete artistas falleros, cinco hombres y dos mujeres, trabajaban con dedicación. Aunque todos fueron amables, hubo quienes prefirieron no ser retratados, y aunque respetamos esa decisión, alguna imagen logró escapar de nuestras intenciones. La presión era palpable, ya que el día seis, las calles comenzarían a llenarse de vida con el montaje de los barracones falleros; la cuenta atrás había comenzado.
Tras una hora dando vueltas, y múltiples disparos de nuestras cámaras, concluimos la sesión fotográfica. Agradecimos sinceramente a los operarios su paciencia, y por permitirnos invadir su espacio de trabajo con nuestra presencia curiosa.
Para distender la tensión acumulada, nos dirigimos a un bendito bar cercano, donde disfrutamos de cervezas, bocadillos y cafés, brindando por nuestra jornada. Sin más asuntos que tratar, nos despedimos hasta la próxima salida, con la satisfacción de haber inmortalizado un fragmento del arte que pronto inundará las calles de Benaguacil



