Exposición fotográfica “La València de Vicente Blasco Ibáñez”

La entrada a la casa-museo dedicada al escritor Blasco Ibáñez se realiza a través de una puerta principal, ubicada en un jardín frente al mar. A través de una pequeña escalera doble, se accede a la planta baja, donde el mostrador de atención al público da la bienvenida a los visitantes. A la izquierda, se destaca una pantalla dedicada a documentales, acompañada de un punto de venta con publicaciones del Ayuntamiento de València relacionadas con Ibáñez y su ciudad natal.

Nada más entrar, los visitantes ven tres maquetas de carrozas, creadas en 1921 en homenaje al autor. La planta baja se convierte en un recorrido panorámico y cronológico sobre las diversas etapas de su vida, con vitrinas y paneles que cambian temporalmente, destacando efemérides y eventos significativos en la trayectoria del escritor. Aquí también se han presentado exposiciones temáticas que abarcan desde sus adaptaciones cinematográficas hasta su labor como cronista en la Primera Guerra Mundial.

En la segunda planta, el relato se torna más personal. Se exhiben muebles y objetos que pertenecieron a Ibáñez, a su familia y amigos. Entre ellos, se encuentra el escritorio donde el autor solía trabajar, fotografías familiares, y una mesa de mármol en el balcón de la fachada principal, recordando a los visitantes la vida privada de un referente literario de la historia valenciana.


El 13 de marzo, a las 11:00 horas, me reuní con mi amigo invisible en la emblemática puerta de la casa museo de Vicente Blasco Ibáñez, situada en el barrio de la Malvarrosa. Puntual como siempre, su llegada fue una señal que me llenó de expectación. Nos saludamos con un gesto cómplice y, sin más preámbulos, cruzamos el umbral de la historia.

Al llegar a recepción, el recepcionista me lanzó una pregunta sorprendente: “¿Es usted pensionista?” A pesar de que sus palabras podrían haber tenido un sonido ofensivo, decidí tomarlo con humor. Fue un momento reflexivo; la vida a veces decide presentarnos con las verdades más sencillas. Un euro fue el costo del acceso a un mundo de recuerdos y literatura.

A medida que avanzaba por la planta baja, fui absorbido por la exposición fotográfica “La Valencia de Blasco Ibáñez”. Formada por cincuenta imágenes de la colección privada de Rafael Solaz, las fotografías me transportaron a finales del siglo XIX y principios del XX. Un enorme cartel del diario “El Pueblo”, fundado por Blasco Ibáñez en 1894, se erguía orgulloso, testigo del clamor ante la Restauración Borbónica.

Entre las imágenes, una carta escrita desde Corrientes, Argentina, el 21 de agosto de 1909, capturó mi atención. En ella, Blasco Ibáñez compartía con su esposa, Maria, su valentía ante la naturaleza: “He visto tantas serpientes que no me dan miedo…” Su aguda observación sobre los temores biológicos se entrelazaba con el lenguaje propio de un hombre curtido en muchas aventuras.

La sala continuaba revelando fragmentos de su vida. Un discurso pronunciado en París, en honor al escritor francés Émile Zola, esa figura literaria que había influenciado tanto en su trabajo, me recordó el peso de la historia. Con una mezcla de nostalgia y admiración, observé un plano original del edificio donde había residió con su familia a partir de 1902, tras la Guerra Civil, se tuvo que reconstruir dado el estado tan lamentable en el quedó.

Las imágenes de Valencia de aquella época, junto con fotografías del frente y la retaguardia de la Primera Guerra Mundial, mostraban la cruda realidad que encarnó en sus novelas. Los 4 jinetes del apocalipsis (1916), Mare Nostrum (1918) y Los enemigos de la mujer (1919) escritas tras la Gran Guerra.

Al subir a la segunda planta, el ambiente se tornó más personal. Muebles y objetos que habían sido de Blasco Ibáñez, de su familia y amigos, adornaban el espacio. El escritorio donde trabajaba con tesón, fotografías familiares que contaban su historia y una mesa de mármol en el balcón, todo ello me proporcionaba pistas de su vida cotidiana, un eco distante de su genialidad.

La visita culminó en un reverente silencio. Vicente Blasco Ibáñez, ferviente defensor de la República, cronista de su época, viajero incansable y escritor universal, dejaba su impronta en cada rincón. Luego de un ligero gesto de despedida hacia mi inspirado compañero invisible, me alejé con la promesa de una próxima aventura. Hasta la próxima, musité, sintiéndome un poco más ligado a las voces del pasado.

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