
El día de San Blas, el 3 de Febrero como viene siendo habitual en los últimos años, el párroco de la Parroquia de San Nicolás, bendice los suculentos rollos de San Blas, (en honor al santo de origen armenio, que fue perseguido por el emperador Licinio (s.IV) por no renunciar a su fe y declarado mártir por la Iglesia Católica), que son preparados ese mismo día y con mucha ilusión, por el Horno-Pastelería Lourdes.
Aquí relato en primera persona los acontecimientos de ese momento.



Hoy, martes 3 de febrero día de San Blas, a las 10:30 h., el horno-pastelería Lourdes se prepara para un evento especial: la bendición de sus famosos rollos por parte del párroco de la parroquia de San Nicolás. En el aire flota una mezcla de expectativa y aromas, envolviendo a los presentes en una sensación casi mágica.
Diez minutos después de la hora señalada, por la puerta del horno se acerca despacio un sonriente capellán, acompañado de su asistente, irrumpe en el local. Portan los enseres religiosos necesarios para la bendición, mientras el murmullo de las mujeres de edad avanzada, que llenan cada rincón, se apodera del ambiente. “De gom a gom,” como dicen aquí, el pequeño negocio familiar rebosa de vida, y las sonrisas y miradas brillantes del público reflejan su impaciencia por la inminente ceremonia.
Las mujeres, mayormente feligresas, muestran su ansia por que el párroco ofrezca una breve misa, un ritual que celebran con profunda reverencia. Con mi cámara en mano, me sumerjo en el bullicio, capturando momentos: algunas fotos desenfocadas, otras quizás más acertadas, mientras rivalizo para obtener el ángulo perfecto con otros medios que graban en video.
En medio de este frenesí, el párroco, con solemnidad, menciona a San Blas, un médico y obispo venerado que sufrió martirio en el siglo IV. Sus palabras resuenan, dotando al acto de una profundidad espiritual que trasciende lo cotidiano. La breve eucaristía se convierte en un instante de reflexión y comunión, culminando en la bendición de los rollos de San Blas y de cada uno de los presentes.
Finalizada la ceremonia, un aire de alegría y satisfacción se apodera del local. Las feligresas se dirigen al mostrador, donde han reservado sus bollos, ahora santificados. Como no podría ser de otra manera, este modesto aprendiz de fotógrafo se une a la fila, ansioso por recoger su propio tesoro bendecido, una delicia que no solo promete ser sabrosa, sino también un vínculo directo con esta tradición tan especial.


