
El 1 de febrero la luna está en su máxima plenitud, también se la denomina luna de nieve, porque en esta época del año parte del Hemisferio norte está nevado, de ahí su nombre.
Tiene su origen en las tradiciones de diversas tribus nativas americanas, que asignaban nombres a cada luna llena en función de los fenómenos estacionales y las características del entorno en esa época del año.
Con todas estas referencias me lancé a captar fotograficamente el momento mágico, pero no todo salió como había imaginado.



La noche prometía un espectáculo celestial, y como un verdadero entusiasta de la fotografía, me lancé a la aventura con mi equipo: cámara, trípode, disparador, y una dosis de buena disposición. Sin embargo, la incertidumbre se colaba en mis pensamientos; unas nubes desaprensivas parecían querer arruinar mi esperada cita con la luna llena.
Con ansias contenidas, se acercaba la hora crucial. Las siete y doce minutos de la tarde, el momento esperado durante veintiocho días. El sol, ya agotado de su jornada, había cedido protagonismo al horizonte de poniente, mientras que el cielo comenzaba a oscurecerse, despertando lentamente a las estrellas que relucían tímidamente.
Desde mi posición en el paseo marítimo, contemplaba una playa de arena que se extendía hasta donde la vista alcanzaba, un mar que susurraba promesas de infinito. La arena reflejaba sombras de palmeras, cuyas ramas danzaban con el vaivén de las olas. A lo lejos, pequeños puntos luminosos destellaban: barcos anclados con luces a babor y estribor, aguardando su turno para entrar al puerto y descargar su valiosa carga.
Finalmente, lo que tanto había esperado: la Luna apareció en el horizonte, pero, como si formara parte de un juego caprichoso, se escondía tras nubarrones. Mi paciencia se puso a prueba, así que decidí cambiar de táctica. En lugar de concentrarme únicamente en la luna, me retiré un poco hacia un lado.
Comencé a capturar la esencia del paseo marítimo, donde las personas transitaban como sombras, ajenas a mis preocupaciones. La luna a ratos brillaba en el cielo, todavía en parte oculta, pero se convertía en un hermoso telón de fondo para estos momentos cotidianos. La magia de la noche no solo se encontraba en el satélite, sino en la vida a su alrededor, en la conexión entre lo celestial y lo terrenal. Con cada clic, una historia se tejía, creando un tapiz de memorias en la oscuridad de esa noche de luna llena.


