Vela Llatina en L´Albufera

La Vela Llatina, uno de los sistemas de navegación más antiguos del Mediterráneo, se remonta a tiempos del imperio romano. Su historia cobró un protagonismo especial durante la dominación árabe, donde su diseño simplificado y eficaz fue adoptado y perfeccionado en distintas regiones del litoral.

En la Albufera de Valencia, este tipo de vela encontró una adaptación singular. Las barcas de fondo plano, conocidas como albuferenques, se convirtieron en las protagonistas de este paisaje acuático. Equipadas con la vela triangular, estas embarcaciones podían aprovechar incluso los vientos más ligeros, deslizándose con gracia sobre aguas poco profundas.

Durante siglos, la vela llatina fue el medio de transporte predilecto para pescadores y agricultores. Permitía el traslado de arroz, leña y aparejos de pesca a través del lago, convirtiéndose en un símbolo de vida y tradición. Sin embargo, el avance de la tecnología trajo consigo motores que comenzaron a reemplazar las velas. A pesar de este cambio, las embarcaciones tradicionales nunca desaparecieron del todo, manteniendo vivo un trozo de historia que sigue navegando en las aguas de la Albufera.


Érase un sábado 16 de junio que acaeció un suceso digno de ser contado. Diecisiete almas, entre varones y hembras, amantes de la fotografía, respondieron al llamamiento que el Vocal de las “Salidas Fotográficas” del grupo “LEliana Foto” hiciera en su red social.

El escenario escogido fue el Parque Natural de l´Albufera, y el punto de cita, el lugar llamado “Albufera Parc”, en la aldea del Palmar, a las diez y media de la mañana, pues la partida desde el muelle estaba señalada para las once en punto.

El festejo consistía en una lid deportiva nombrada “Vela Llatina”, donde un sinfín de barcas albuferencas, ligeras como plumas al viento, partían desde el puerto de Catarroja, y, empujadas por el aliento de Eólo, danzaban sobre las aguas del lago, rodeadas de un paisaje que parecía pintado por el mismo pintor griego Apeles.

Pero he aquí que, por un designio del destino, el dios de los vientos, Eólo, hubo de tomar un descanso, y cesó su soplo. Todas las embarcaciones, cual hojas secas en un estanque sin brisa, quedaron inmóviles, y sus tripulantes y pasajeros, mirándose con ojos de asombro, se preguntaban: “¿Por qué el viento nos ha abandonado?”. Los más avispados murmuraban que tal calma chicha bien pudiera ser castigo divino, pues el «Altísimo», airado por algún yerro cometido en la despedida de España del Papa León XIV, su representante en la Tierra, había ordenado que no soplara ni una brizna. La causa, decían, fue un fallo en el aparato de vuelo del pontífice: su nave, un Airbus que lo había de llevar de vuelta a Roma, no pudo alzar el vuelo por un tropiezo mecánico, y al no haber otro remedio, hubo de aguardar hasta que un aeroplano más pequeño estuviera presto. ¿Acaso por tal motivo el cielo se había tornado de plomo y no dejaba pasar ni un suspiro de aire?

Mas nuestra barca, movida por el rugido de un motor, cobijaba bajo una lona que se extendía de proa a popa, como un manto protector, a los diecisiete viajeros. Así, surcamos las aguas de la Albufera, y el viaje se tornó placentero. Las cámaras, con sus teles, iban de babor a estribor, siguiendo el rumbo de las barcas albuferencas. Como no podíamos confiar en el viento —“adiós, gracias”— dimos varias vueltas en torno a ellas, y así, cada uno de los diecisiete, hombres y mujeres, pudimos retratarlas desde todos los ángulos, como si el mismo Apeles hubiera guiado sus manos.

El cielo, durante todo el trayecto, mostró un rostro amable, algo velado por nubes ligeras y un calor que anunciaba la llegada del estío, cual si el verano ya asomara sus primeros dedos por el horizonte.

Y aquí en nueve fotografías queda reflejado el resultado de tal aventura.

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