
El Real Monasterio Cisterciense de Santa María de Gratia Dei, conocido como el Monasterio de la Zaydía, se alza en la carretera de Vilamarxant, en Benaguacil (Valencia). Fundado en 1265 por la reina Teresa Gil de Vidaure, esposa de Jaime I, su historia está marcada por sucesivas destrucciones y reconstrucciones: desde su emplazamiento original en Valencia hasta su traslado definitivo a Benaguacil en 1965, donde la comunidad cisterciense mantiene viva la tradición monástica bajo su nombre de siempre, Gratia Dei.
El conjunto invita a descubrir su hospedería, los locutorios y la iglesia, donde reposan los restos de la reina fundadora. Entre sus tesoros destacan un singular sagrario decorado con un calendario azteca de cerámica y motivos cristianos, un pequeño Cristo Yacente atribuido a Ignacio Vergara, libros de canto, un órgano, pinturas y diversos objetos litúrgicos rescatados de la antigua Zaydía. El claustro y la tranquila pinada, recorrida por el Vía Crucis, completan la visita a este espacio de historia, arte y espiritualidad.
En este ambiente me adentré para realizar algunas fotos.






A los veintidós días del mes de agosto del año del Señor de 2026, siendo las diez y media de la mañana, nos juntamos cuarenta personas ante la puerta principal del Monasterio de Benaguacil (Valencia), movidos por el deseo de conocer sus interiores y penetrar, aunque sólo fuese por breve espacio, en los misterios de aquella santa casa.
El edificio que hoy se levanta ante nuestros ojos es obra relativamente reciente, pues fue construido a mitad de la década de los sesenta del pasado siglo XX. Allí me hallaba yo, cámara en mano y el ánimo dispuesto, procurando que no se me escapase detalle digno de memoria.
La primera diligencia de la guía, llamada María, fue solicitar de los presentes el donativo acostumbrado para franquearnos la entrada. Hecho esto, se presentó con la debida cortesía y nos condujo a una sala, donde nos fue mostrado un vídeo acerca de la historia del Real Monasterio Cisterciense de Santa María de Gratia Dei.
Se fundó este monasterio en el año de 1265 por la reina doña Teresa Gil de Vidaure, tercera esposa del esclarecido rey don Jaime I de Aragón, a quien la historia apellidó el Conquistador. En la iglesia del cenobio reposan los restos de tan ilustre señora. La narración del vídeo corrió a cargo de una de las cinco hermanas de clausura que en la actualidad habitan el monasterio.
Mientras todos dirigíamos los ojos hacia la pantalla, donde se reflejaban las imágenes de tan venerable historia, aproveché yo la ocasión para disparar algunas fotografías. Entre ellas quedó retratado un mozalbete que, vencido quizá por el tedio de la plática, había dejado caer la cabeza sobre la mesa, como soldado rendido después de larga batalla.
Concluido el corto relato cinematográfico, llegó la hora de probar una selección de las mermeladas que las propias hermanas elaboran con sus manos laboriosas. Las hubo de naranja, de melocotón y de otros sabores, todos ellos dulces y agradables al paladar, de suerte que más de uno debió de considerar aquella degustación una piadosa tentación.
Después encaminamos nuestros pasos hacia las austeras habitaciones de la hospedería, que nos fueron mostradas tal como allí se encuentran: dos camas y una mesilla, sin lujo ni adorno superfluo. También vimos el comedor y una pequeña sala destinada al descanso y la meditación. No había en ella televisión, ni teléfonos, ni rastro de la señales wifi, sino tan sólo algunos cuadros de asunto religioso, que invitaban al recogimiento y al silencio.
Lo siguiente fue visitar la iglesia, donde llamó especialmente mi atención el sagrario. Su forma guardaba notable semejanza con la llamada Piedra del Sol, aunque en lugar de figuras y símbolos aztecas aparecían en él motivos cristianos. No quise dejar pasar la ocasión y lo retraté con esmero, con intención de compararlo después con el Calendario Azteca, pues grande era el parecido entre ambas piezas.
Terminada la visita, los asistentes nos dirigimos al lugar donde se vendían los productos elaborados por las hermanas. Allí adquirieron algunos mermeladas, velas, cremas para las manos, el rostro y los dolores del cuerpo, amén de diversos objetos destinados a conservar memoria de tan singular jornada.
Partimos todos alegres y satisfechos, pues no es cosa de todos los días visitar un monasterio cisterciense de clausura. Con todo, quedó en nosotros cierta curiosidad insatisfecha, ya que no pudimos contemplar los lugares donde las religiosas trabajan, cultivan sus alimentos o elevan sus oraciones.
Mas no debe causar maravilla semejante reserva, pues el hermetismo y el silencio son parte esencial de la vida de aquella congregación. Lo que sí hacen por nosotros, según nos fue dado entender, es rezar por la salvación de nuestras almas, tarea no pequeña ni desdeñable en estos tiempos tan dados al ruido y a las distracciones.
Y aunque el reportaje fotográfico no resultó, en verdad, cosa de gran fama ni memorable portento, sirvióme al menos para regresar al tajo y empuñar de nuevo mis instrumentos después del descanso vacacional. Que también en esto hay mérito: volver a la faena con el espíritu contento y la cámara presta.



