Concentración por Ceuta

El pasado 30 y 31 de julio, la ciudad de Ceuta vivió una situación de gran tensión tras la llegada de numerosos migrantes procedentes de Marruecos. Como muestra de solidaridad con la población ceutí y con las personas afectadas, los partidos de la oposición convocaron, a través de las redes sociales, diversas concentraciones en distintos puntos del país.

La respuesta ciudadana fue especialmente numerosa en la mayoría de las capitales de provincia. Personas de todas las edades y condiciones —mayores, menores, pensionistas y personas con discapacidad— se congregaron para expresar su respaldo a Ceuta y manifestar su descontento con la gestión del Gobierno.

Durante el acto se escucharon cánticos y consignas en defensa de la ciudad autónoma, acompañados por un variado repertorio de banderas: desde la española hasta la ceutí. Entre ellas también pudo observarse alguna enseña española preconstitucional, portada por participantes de posiciones más exaltadas.

La concentración concluyó con la interpretación de los himnos de Ceuta y de Valencia, recibidos con respeto y emoción por los asistentes. Finalmente, los aplausos del público pusieron el broche a una jornada marcada por la participación ciudadana y la expresión colectiva.

Mi reportaje fotográfico nació con la intención de dejar constancia de esa realidad: el ambiente en las calles, la respuesta de sus habitantes y las distintas formas en que la ciudadanía manifestó sus sentimientos ante los acontecimientos vividos en Ceuta.


Todo comenzó con un llamamiento de solidaridad, difundido por las redes sociales, en favor del pueblo ceutí, que a la sazón se veía cercado por los sucesos acaecidos entre los días treinta y treinta y uno de julio. Pues en aquellas jornadas, hasta sesenta mil personas, en su mayor parte naturales de Marruecos, atravesaron por mar la frontera que separa dicho reino de la ciudad de Ceuta, causando no poco alboroto y turbación entre sus moradores. Y aunque la mayor parte tornó a sus tierras, quedaron en España cerca de cinco mil almas, entre varones, mujeres y menores, resueltas a permanecer en ella.

Íba yo encaminando hacia la plaza del Ayuntamiento, lugar señalado para la concentración, cuando advertí que por el camino se juntaban gentes de toda condición: ancianos de paso reposado, mozos de ardoroso ánimo y niños que, con más entusiasmo que entendimiento, seguían la corriente humana. Unos llevaban banderas; otros, ropajes que declaraban sus inclinaciones ideológicas; y todos, poco más o menos, entonaban cánticos en favor del pueblo de Ceuta y en contra del Gobierno.

Llevaba ya largo rato mi cámara presta en la mano derecha, sujeta a mi muñeca por una correa de seguridad, no fuese que algún empujón o arrebato de la muchedumbre me privase de tan preciado instrumento. Movíase el aparato con inquietud, como corcel que presiente batalla, dispuesto a apresar en sus entrañas las mejores escenas de aquella jornada.

Comencé por retratar a los que iban llegando. Muchos eran contrarios al Gobierno y portaban las banderas arrebujadas en torno al cuerpo, a guisa de capas, como si fueran caballeros de antiguas órdenes. Otros sostenían pancartas en las que podía leerse: «Guerra al invasor», expresión que traía a la memoria las cruzadas de cristianos contra sarracenos, aunque en verdad no se divisaban armaduras, lanzas ni caballos de guerra, sino móviles, pancartas y algún que otro bocadillo envuelto en papel de aluminio.

No tardó en llamar mi atención un camión de singular hechura, cuyos laterales lucían paneles luminosos. En ellos aparecían las banderas de Valencia, España y Ceuta, y debajo, con letras resplandecientes, podía leerse: «Valencia con el pueblo ceutí». Tal espectáculo atraía al público, que acudía a fotografiarse junto al vehículo como quien posa ante un castillo encantado; y yo, que no había venido sino a ejercer mi oficio, los retrataba con diligencia y buen ánimo.

Poco a poco se aproximaba la hora señalada para la convocatoria. La gente cobraba nuevos bríos, los cánticos se alzaban de tono y la plaza comenzaba a parecer un mar humano, cuyas olas no eran de agua, sino de banderas, voces y gestos encendidos. Finalmente llegó la oradora, quien, desde el balcón del Ayuntamiento, lanzó al aire diversos mensajes de apoyo a Ceuta, siendo recibidos por la multitud con atención y entusiasmo.

Transcurridos algunos minutos de discurso, sonó el himno de Ceuta y, después, el de Valencia. Entonces los aplausos, los vítores y los «¡Viva Valencia!» y «¡Viva Ceuta!» se elevaron con tal fuerza que bien pudiera haberse pensado que las mismas piedras del Ayuntamiento se estremecían de emoción.

Y de este modo concluyeron la concentración y mi sesión fotográfica, quedando yo cansado de cuerpo, mas satisfecho de espíritu, por haber conservado en mi cámara memoria de cuanto allí aconteció.

Para poner digno remate a tan señalada epopeya, me interné en una taberna donde se daba buena cuenta de jamones y otras viandas de la tierra. Allí, entre lonchas, pan y conversación, hallé descanso para mis fatigas y, con tan piadoso refrigerio, di por concluida la jornada.

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